Dientes de leche
La comandantA
presidentA de México, Claudia Sheinbaum, quien además es hija, esposa, madre y
abuela, ha expresado públicamente su pesar por la tragedia que se vive en Gaza
y ha calificado de “inhumana” la ofensiva de Israel. Y qué bueno que así sea.
El sufrimiento de niños, mujeres y familias inocentes, ocurra donde ocurra,
debería conmovernos a todos.
Pero resulta,
por lo menos, difícil de entender que esa misma sensibilidad no se advierta con
igual claridad frente a aquellos a quienes su antecesor alguna vez llamó
“pueblo bueno y sabio”. El dolor de muchos está aquí, entre nosotros.
La presidentA
ha querido mostrar temple de un jefe de Estado, aunque sea en los eventos
protocolarios. Ya en la mañanera, el chacoteo y la falta de seriedad de algunos
argumentos terminan por convertir momentos importantes en una comedia de muy
mala leche. Pero el temple no debería estar reñido con la sensibilidad, menos
aún en quien encabeza un Estado obligado a responder ante el dolor de sus
ciudadanos. Esa sensibilidad es precisamente la que se les ha regateado a
madres y padres dolientes.
Hoy, sin
duda, mujeres, jóvenes y niños se encuentran entre los sectores más vulnerados
en este México convulso. El régimen actual ha intentado, con la rancia
demagogia de la transformación, maquillar una realidad incómoda que a diario
nos presentan a su antojo.
Alguna vez los
escuchamos decir que limpiarían al gobierno de impunidad y corrupción, “como se
barren las escaleras, de arriba para abajo”. Pero parece que solo les interesa
barrer con lo que les estorba y su escoba ha terminado sirviendo para esconder
debajo del tapete realidades mucho más difíciles de ocultar: la violencia, la
impunidad y miles de familias que siguen buscando a los suyos.
Los datos son
necios.
El gobierno
ha repetido con bombo y platillo sus datos estrella: los homicidios dolosos han
disminuido. Y sí, los números oficiales muestran una reducción considerable. Según
los últimos datos presentados por el propio Gobierno federal en la mañanera, el
promedio pasó de 86.9 homicidios diarios en septiembre de 2024 a 40.8 en agosto
de este año, una disminución del 53 por ciento que han repetido hasta el
cansancio.
Esos
mexicanos que hoy están vivos y que quizá pudieron formar parte de las
anteriores estadísticas deben estar agradecidos por no ser una cifra más.
Sin embargo,
esas cifras no alcanzan a reflejar por sí solas las condiciones reales del
país, por mucho que hayan mejorado, y menos cuando acontecimientos dramáticos y
trágicos siguen pasando desapercibidos.
De acuerdo
con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) de
la Comisión Nacional de Búsqueda, más de 132 mil personas permanecen
desaparecidas o no localizadas. No sabemos qué ocurrió con ellas ni, en muchos
casos, cuál es su paradero. Son hombres, mujeres, jóvenes y niños que ya no
regresaron con los suyos y cuya ausencia también forma parte de la realidad del
país.
Hoy nos
conmueve lo que sucede en Gaza y debe dolernos, pero también deben conmovernos
Zacapu, Ayotzinapa, Morelos y cada madre que busca a un hijo. Nuestra
conciencia no debería ser ajena al dolor de nuestros semejantes; sin embargo,
cuando las necesidades de nuestro prójimo quedan relegadas frente a una
retórica conveniente, los discursos y las acciones terminan convertidos en
demagogia.
¿Acaso el
dolor humano merece distinta sensibilidad dependiendo del lugar donde ocurra?
Hoy, a 12
años de la trágica desaparición de 43 jóvenes estudiantes de la Escuela Normal
Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, el Estado simplemente no ha podido
esclarecer plenamente lo ocurrido para darle paz a los padres. Tristemente,
algunos de esos papás y mamás se nos han adelantado sin haber podido saber qué
ocurrió con sus hijos, trágico ¿no? El mismo peregrinar han seguido las madres
buscadoras que en cada rincón de México buscan incansablemente el más pequeño
rastro que pueda conducirlas a sus hijos y que el Estado no ha podido encontrar.
Y quizá haya
algo todavía más doloroso: buena parte de esta tragedia tiene que ver con
jóvenes. Hijos que no regresan, estudiantes que no vuelven a casa, chicos que
apenas comenzaban a vivir.
¿Saben?
Claudia Tacoronte Aguilera tenía 21 años, era española y estudiante de la
Universidad de Granada, España, y fue asesinada el pasado 12 de septiembre en
Cuautla, Morelos. Pero lo dramático es que su caso no era aislado entre la
comunidad estudiantil de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Dentro
de esa comunidad universitaria, cinco alumnas habían sido víctimas de
feminicidio en un periodo de 17 meses, de acuerdo con el dato presentado en la
síntesis informativa de la UAEM. Hoy se suman los casos de Christian y Gael, quienes
tenían apenas 17 años y fueron asesinados a balazos después de acudir a una
fiesta. La comunidad universitaria de la UAEM está de luto.
De acuerdo
con datos del RNPDNO, entre octubre de 2024 y julio de 2026 se acumularon 7,948
reportes de mujeres de entre 15 y 19 años desaparecidas o no localizadas, el
grupo de edad y sexo con mayor número de registros en ese periodo.
Hace unos
días apareció una escena todavía más estremecedora con el anuncio de un
colectivo de madres buscadoras que denunció haber encontrado, en una zona de
Zacapu, Michoacán, alrededor de 1,600 piezas dentales que atribuye a niños,
algunas de ellas “dientes de leche”. La Fiscalía de Michoacán ha señalado que
no tiene registro oficial del hallazgo en los términos denunciados. Ojalá que
el señalamiento no corresponda a la realidad; pero precisamente por su
gravedad, debe esclarecerse. No hacerlo alimentaría todavía más la indiferencia
y la impunidad.
Recientemente
escuché a Héctor de Mauleón lanzar una frase brutal, tan dura como difícil de
ignorar: “Vivimos rodeados de cuerpos de jóvenes tirados y a nadie le importa”.
¿Acaso nos
hemos acostumbrado ya a estos acontecimientos o es que no nos importa lo que
suceda con nuestro prójimo? El problema de acostumbrarnos a 40 homicidios
diarios, 132 mil desaparecidos o 7,948 muchachas reportadas como desaparecidas
o no localizadas es que terminamos viendo cifras donde existen personas. Claudia
Tacoronte deja de ser una joven de 21 años; Christian y Gael dejan de ser dos
muchachos de 17 años; los dientes de leche terminan siendo 1,600 piezas.
Volteemos a
ver a quienes sufren, aun cuando esas tragedias puedan parecernos lejanas. Hoy
los yucatecos tenemos la fortuna de vivir en una comunidad donde todavía podemos
caminar con relativa tranquilidad, pero eso no debería hacernos indiferentes a
lo que ocurre en otras partes del país; quizá debería comprometernos todavía
más a cuidar lo que tenemos y a no permanecer ajenos al dolor de los demás. Cuidemos
nuestra comunidad, fortalezcamos la solidaridad entre ciudadanos y no esperemos
a que la violencia toque a nuestra puerta para preocuparnos por ella.
Así que
preguntémonos qué podemos hacer, cómo podemos hacerlo sin caer en la
desesperanza de pensar que lo que hagamos será irrelevante. Todo esfuerzo por
una causa noble termina dando frutos, pero qué mejor que hacerlo organizados;
así se multiplica el esfuerzo y se evita la resignación. Por lo pronto, miremos
a nuestro alrededor. Seguramente encontraremos a alguien que necesita de
nosotros. Empecemos por ahí.
De remate:
La
sensibilidad manifiesta ante acontecimientos lamentables fuera de México contrasta
con la distancia que existe entre el discurso y la respuesta al dolor de
quienes sufren dentro. En la mañanera el speech es conocido: parece diseñado
para contrariar, confrontar y trivializar lo verdaderamente trascendente.
“¿Cuánto gana Loret?”, “yo tengo otros datos”, “fue Calderón”, “¿por qué no
hablan de García Luna?” Siempre habrá una tangente para evadir lo incómodo.
Para quienes hoy buscan a los suyos, la esperanza no puede depender de una
respuesta ensayada desde el poder. Nosotros, como sociedad, acompañémoslos para
que no la pierdan.




