Valores por México

jueves, 1 de octubre de 2026

 

Dientes de leche

La comandantA presidentA de México, Claudia Sheinbaum, quien además es hija, esposa, madre y abuela, ha expresado públicamente su pesar por la tragedia que se vive en Gaza y ha calificado de “inhumana” la ofensiva de Israel. Y qué bueno que así sea. El sufrimiento de niños, mujeres y familias inocentes, ocurra donde ocurra, debería conmovernos a todos.

Pero resulta, por lo menos, difícil de entender que esa misma sensibilidad no se advierta con igual claridad frente a aquellos a quienes su antecesor alguna vez llamó “pueblo bueno y sabio”. El dolor de muchos está aquí, entre nosotros.

La presidentA ha querido mostrar temple de un jefe de Estado, aunque sea en los eventos protocolarios. Ya en la mañanera, el chacoteo y la falta de seriedad de algunos argumentos terminan por convertir momentos importantes en una comedia de muy mala leche. Pero el temple no debería estar reñido con la sensibilidad, menos aún en quien encabeza un Estado obligado a responder ante el dolor de sus ciudadanos. Esa sensibilidad es precisamente la que se les ha regateado a madres y padres dolientes.

Hoy, sin duda, mujeres, jóvenes y niños se encuentran entre los sectores más vulnerados en este México convulso. El régimen actual ha intentado, con la rancia demagogia de la transformación, maquillar una realidad incómoda que a diario nos presentan a su antojo.

Alguna vez los escuchamos decir que limpiarían al gobierno de impunidad y corrupción, “como se barren las escaleras, de arriba para abajo”. Pero parece que solo les interesa barrer con lo que les estorba y su escoba ha terminado sirviendo para esconder debajo del tapete realidades mucho más difíciles de ocultar: la violencia, la impunidad y miles de familias que siguen buscando a los suyos.

Los datos son necios.

El gobierno ha repetido con bombo y platillo sus datos estrella: los homicidios dolosos han disminuido. Y sí, los números oficiales muestran una reducción considerable. Según los últimos datos presentados por el propio Gobierno federal en la mañanera, el promedio pasó de 86.9 homicidios diarios en septiembre de 2024 a 40.8 en agosto de este año, una disminución del 53 por ciento que han repetido hasta el cansancio.

Esos mexicanos que hoy están vivos y que quizá pudieron formar parte de las anteriores estadísticas deben estar agradecidos por no ser una cifra más.

Sin embargo, esas cifras no alcanzan a reflejar por sí solas las condiciones reales del país, por mucho que hayan mejorado, y menos cuando acontecimientos dramáticos y trágicos siguen pasando desapercibidos.

De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) de la Comisión Nacional de Búsqueda, más de 132 mil personas permanecen desaparecidas o no localizadas. No sabemos qué ocurrió con ellas ni, en muchos casos, cuál es su paradero. Son hombres, mujeres, jóvenes y niños que ya no regresaron con los suyos y cuya ausencia también forma parte de la realidad del país.

Hoy nos conmueve lo que sucede en Gaza y debe dolernos, pero también deben conmovernos Zacapu, Ayotzinapa, Morelos y cada madre que busca a un hijo. Nuestra conciencia no debería ser ajena al dolor de nuestros semejantes; sin embargo, cuando las necesidades de nuestro prójimo quedan relegadas frente a una retórica conveniente, los discursos y las acciones terminan convertidos en demagogia.

¿Acaso el dolor humano merece distinta sensibilidad dependiendo del lugar donde ocurra?

Hoy, a 12 años de la trágica desaparición de 43 jóvenes estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, el Estado simplemente no ha podido esclarecer plenamente lo ocurrido para darle paz a los padres. Tristemente, algunos de esos papás y mamás se nos han adelantado sin haber podido saber qué ocurrió con sus hijos, trágico ¿no? El mismo peregrinar han seguido las madres buscadoras que en cada rincón de México buscan incansablemente el más pequeño rastro que pueda conducirlas a sus hijos y que el Estado no ha podido encontrar.

Y quizá haya algo todavía más doloroso: buena parte de esta tragedia tiene que ver con jóvenes. Hijos que no regresan, estudiantes que no vuelven a casa, chicos que apenas comenzaban a vivir.

¿Saben? Claudia Tacoronte Aguilera tenía 21 años, era española y estudiante de la Universidad de Granada, España, y fue asesinada el pasado 12 de septiembre en Cuautla, Morelos. Pero lo dramático es que su caso no era aislado entre la comunidad estudiantil de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Dentro de esa comunidad universitaria, cinco alumnas habían sido víctimas de feminicidio en un periodo de 17 meses, de acuerdo con el dato presentado en la síntesis informativa de la UAEM. Hoy se suman los casos de Christian y Gael, quienes tenían apenas 17 años y fueron asesinados a balazos después de acudir a una fiesta. La comunidad universitaria de la UAEM está de luto.

De acuerdo con datos del RNPDNO, entre octubre de 2024 y julio de 2026 se acumularon 7,948 reportes de mujeres de entre 15 y 19 años desaparecidas o no localizadas, el grupo de edad y sexo con mayor número de registros en ese periodo.

Hace unos días apareció una escena todavía más estremecedora con el anuncio de un colectivo de madres buscadoras que denunció haber encontrado, en una zona de Zacapu, Michoacán, alrededor de 1,600 piezas dentales que atribuye a niños, algunas de ellas “dientes de leche”. La Fiscalía de Michoacán ha señalado que no tiene registro oficial del hallazgo en los términos denunciados. Ojalá que el señalamiento no corresponda a la realidad; pero precisamente por su gravedad, debe esclarecerse. No hacerlo alimentaría todavía más la indiferencia y la impunidad.

Recientemente escuché a Héctor de Mauleón lanzar una frase brutal, tan dura como difícil de ignorar: “Vivimos rodeados de cuerpos de jóvenes tirados y a nadie le importa”.

¿Acaso nos hemos acostumbrado ya a estos acontecimientos o es que no nos importa lo que suceda con nuestro prójimo? El problema de acostumbrarnos a 40 homicidios diarios, 132 mil desaparecidos o 7,948 muchachas reportadas como desaparecidas o no localizadas es que terminamos viendo cifras donde existen personas. Claudia Tacoronte deja de ser una joven de 21 años; Christian y Gael dejan de ser dos muchachos de 17 años; los dientes de leche terminan siendo 1,600 piezas.

Volteemos a ver a quienes sufren, aun cuando esas tragedias puedan parecernos lejanas. Hoy los yucatecos tenemos la fortuna de vivir en una comunidad donde todavía podemos caminar con relativa tranquilidad, pero eso no debería hacernos indiferentes a lo que ocurre en otras partes del país; quizá debería comprometernos todavía más a cuidar lo que tenemos y a no permanecer ajenos al dolor de los demás. Cuidemos nuestra comunidad, fortalezcamos la solidaridad entre ciudadanos y no esperemos a que la violencia toque a nuestra puerta para preocuparnos por ella.

Así que preguntémonos qué podemos hacer, cómo podemos hacerlo sin caer en la desesperanza de pensar que lo que hagamos será irrelevante. Todo esfuerzo por una causa noble termina dando frutos, pero qué mejor que hacerlo organizados; así se multiplica el esfuerzo y se evita la resignación. Por lo pronto, miremos a nuestro alrededor. Seguramente encontraremos a alguien que necesita de nosotros. Empecemos por ahí.

 

De remate:

La sensibilidad manifiesta ante acontecimientos lamentables fuera de México contrasta con la distancia que existe entre el discurso y la respuesta al dolor de quienes sufren dentro. En la mañanera el speech es conocido: parece diseñado para contrariar, confrontar y trivializar lo verdaderamente trascendente. “¿Cuánto gana Loret?”, “yo tengo otros datos”, “fue Calderón”, “¿por qué no hablan de García Luna?” Siempre habrá una tangente para evadir lo incómodo. Para quienes hoy buscan a los suyos, la esperanza no puede depender de una respuesta ensayada desde el poder. Nosotros, como sociedad, acompañémoslos para que no la pierdan.

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