El sentido
del poder
Regidor, alcalde, diputado,
senador, gobernador… cualquiera que sea el cargo, hay una condición que debería
anteceder al nombramiento: entenderse como servidor público. Quien no comprende
lo que significa servir desde una responsabilidad pública tiene un problema
que, tarde o temprano, termina repercutiendo en el ciudadano.
Una vocación tan excelsa
como el servicio a los demás requiere congruencia con los principios que
enarbola cualquier servidor público, independientemente de la ideología que
profese. Serán los ciudadanos, en una sociedad democrática, quienes valoren si
sus actos corresponden a esos principios y si verdaderamente cumplen con el
propósito para el que fueron elegidos o designados.
En mi experiencia como servidor
público siempre tuve presente un principio fundamental: el bien común. Entender
que detrás de cada decisión, trámite o problema hay personas que esperan de la
autoridad una respuesta y, en la medida de lo posible, una solución.
Es, sin duda, el ciudadano
el actor principal de toda administración pública, desde su concepción hasta
que cumple su misión en esta vida. El servidor público, cualquiera que sea su
ideología, no debería perderlo nunca de vista.
Quizás hemos sobrevalorado
de tal manera algunos cargos públicos que quienes los ocupan llegan a parecer
de otra estirpe. Y no. La responsabilidad pública puede exigir cierta
investidura, formas y protocolos, incluso por respeto a la propia ciudadanía y
a las instituciones que se representan; pero nunca debería construir una
distancia que vuelva al funcionario inalcanzable para el ciudadano.
La investidura distingue al
cargo, no hace superior a la persona que lo ocupa. El servidor público debe
estar siempre a la altura de cualquier ciudadano y recordar que su función
encuentra sentido precisamente mientras le sirve.
Esta idea me hace recordar
aquella frase de Manuel J. Clouthier del Rincón, Maquío: “Tanta sociedad como
sea posible y solamente tanto gobierno como sea necesario.”
Hay gobiernos cargados de
burocracia y muchos la hemos padecido. Pero un gobierno que realmente entiende
que está para servir no solamente debe resolver; también debe procurar no
apropiarse innecesariamente del tiempo de las personas mediante trámites,
esperas y papeleos inútiles.
A propósito, le he escuchado
a la alcaldesa Cecilia Patrón insistir, no solamente en el discurso sino
también a través de distintas acciones de su administración, en una idea muy
sencilla: un buen gobierno debe procurar no hacerle perder el tiempo al ciudadano.
Algunas de las acciones emprendidas dan cuenta de ello.
Por ejemplo, el Miércoles
Ciudadano no es una improvisación ni una ocurrencia reciente, pues tiene
antecedentes en aquella escuela de gobiernos panistas de Guanajuato de los años
noventa y en el concepto desarrollado por Ramón Muñoz Gutiérrez. Cecilia no
inventó el modelo; lo ha retomado y le ha dado continuidad desde su propia
manera de ejercer la cercanía con la gente y, a mi juicio, con gran éxito.
También ha resultado eficaz
el speech de “enchular la ciudad”. Detrás de una expresión sencilla y coloquial
hay acciones en calles, parques, iluminación y espacios públicos que han
contribuido a hacer de Mérida una ciudad más digna de sus ciudadanos.
En ese mismo sentido
destacaría “Diseña tu Ciudad”, un ejercicio de presupuesto participativo que ha
venido creciendo y en cuya edición más reciente 16,618 meridanos decidieron
sobre proyectos para sus propios espacios públicos. Al respecto, incluso
presenté una propuesta que no resultó seleccionada; circunstancia que no impide
reconocer el valor de un programa que permite al ciudadano dejar de ser
solamente espectador y tener voz en las decisiones sobre su ciudad.
Falta mucho, por supuesto.
Las necesidades de una ciudad nunca se agotan y habrá que perseverar, pero
también reconocer el esfuerzo y los resultados.
Como meridano hago estas
consideraciones porque me parece un ejemplo muy cercano de lo que implica
servir con voluntad. El reto, desde luego, es que esa vocación de cercanía y
servicio no dependa solamente de quien encabeza el Ayuntamiento, sino que
alcance a cada funcionario y cada escritorio de la administración municipal.
Una cabeza puede marcar el rumbo y el ritmo, pero los resultados también
dependen de quienes tienen la responsabilidad de acompañarlos.
Sería injusto no reconocer
también el trabajo de muchos alcaldes y alcaldesas, de distintos partidos, que
todos los días demuestran tener bien puesta la camiseta de sus municipios. Esos
son los servidores públicos que demandamos los ciudadanos: los que entienden
que el cargo es temporal y que su responsabilidad fundamental es servir.
Pero el ciudadano también
tiene una responsabilidad. Una ciudad no se construye solamente desde el
gobierno. Participar, cuidar, proponer, colaborar y también exigir forman parte
de nuestra tarea. Podemos ser copartícipes en la construcción del bien común y,
al mismo tiempo, exigir de quienes ejercen una responsabilidad pública una
verdadera vocación de servicio.
Al final, gobernar y
participar tienen un punto de encuentro: entender que la ciudad es de todos y
que el bien común también es responsabilidad de todos.
De
remate:
Las recientes fiestas patrias también nos
dejaron algunas estampas dignas de reflexión. Entre ceremonias acartonadas,
excesos ideológicos y ocurrencias convertidas en espectáculo, hubo servidores
públicos que parecieron olvidar que la investidura no necesita disfraces ni
protagonismos para hacerse respetar.
Representar dignamente una institución es muy
distinto a utilizarla como escenario personal. Y recordé una frase que escuché
hace poco en El Gato Culto, el ingenioso espacio del caricaturista Efrén:
“El poder
es para servir, no para ser vil.”
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