Valores por México

lunes, 21 de septiembre de 2026

 

El sentido del poder

Regidor, alcalde, diputado, senador, gobernador… cualquiera que sea el cargo, hay una condición que debería anteceder al nombramiento: entenderse como servidor público. Quien no comprende lo que significa servir desde una responsabilidad pública tiene un problema que, tarde o temprano, termina repercutiendo en el ciudadano.

Una vocación tan excelsa como el servicio a los demás requiere congruencia con los principios que enarbola cualquier servidor público, independientemente de la ideología que profese. Serán los ciudadanos, en una sociedad democrática, quienes valoren si sus actos corresponden a esos principios y si verdaderamente cumplen con el propósito para el que fueron elegidos o designados.

En mi experiencia como servidor público siempre tuve presente un principio fundamental: el bien común. Entender que detrás de cada decisión, trámite o problema hay personas que esperan de la autoridad una respuesta y, en la medida de lo posible, una solución.

Es, sin duda, el ciudadano el actor principal de toda administración pública, desde su concepción hasta que cumple su misión en esta vida. El servidor público, cualquiera que sea su ideología, no debería perderlo nunca de vista.

Quizás hemos sobrevalorado de tal manera algunos cargos públicos que quienes los ocupan llegan a parecer de otra estirpe. Y no. La responsabilidad pública puede exigir cierta investidura, formas y protocolos, incluso por respeto a la propia ciudadanía y a las instituciones que se representan; pero nunca debería construir una distancia que vuelva al funcionario inalcanzable para el ciudadano.

La investidura distingue al cargo, no hace superior a la persona que lo ocupa. El servidor público debe estar siempre a la altura de cualquier ciudadano y recordar que su función encuentra sentido precisamente mientras le sirve.

Esta idea me hace recordar aquella frase de Manuel J. Clouthier del Rincón, Maquío: “Tanta sociedad como sea posible y solamente tanto gobierno como sea necesario.”

Hay gobiernos cargados de burocracia y muchos la hemos padecido. Pero un gobierno que realmente entiende que está para servir no solamente debe resolver; también debe procurar no apropiarse innecesariamente del tiempo de las personas mediante trámites, esperas y papeleos inútiles.

A propósito, le he escuchado a la alcaldesa Cecilia Patrón insistir, no solamente en el discurso sino también a través de distintas acciones de su administración, en una idea muy sencilla: un buen gobierno debe procurar no hacerle perder el tiempo al ciudadano. Algunas de las acciones emprendidas dan cuenta de ello.

Por ejemplo, el Miércoles Ciudadano no es una improvisación ni una ocurrencia reciente, pues tiene antecedentes en aquella escuela de gobiernos panistas de Guanajuato de los años noventa y en el concepto desarrollado por Ramón Muñoz Gutiérrez. Cecilia no inventó el modelo; lo ha retomado y le ha dado continuidad desde su propia manera de ejercer la cercanía con la gente y, a mi juicio, con gran éxito.

También ha resultado eficaz el speech de “enchular la ciudad”. Detrás de una expresión sencilla y coloquial hay acciones en calles, parques, iluminación y espacios públicos que han contribuido a hacer de Mérida una ciudad más digna de sus ciudadanos.

En ese mismo sentido destacaría “Diseña tu Ciudad”, un ejercicio de presupuesto participativo que ha venido creciendo y en cuya edición más reciente 16,618 meridanos decidieron sobre proyectos para sus propios espacios públicos. Al respecto, incluso presenté una propuesta que no resultó seleccionada; circunstancia que no impide reconocer el valor de un programa que permite al ciudadano dejar de ser solamente espectador y tener voz en las decisiones sobre su ciudad.

Falta mucho, por supuesto. Las necesidades de una ciudad nunca se agotan y habrá que perseverar, pero también reconocer el esfuerzo y los resultados.

Como meridano hago estas consideraciones porque me parece un ejemplo muy cercano de lo que implica servir con voluntad. El reto, desde luego, es que esa vocación de cercanía y servicio no dependa solamente de quien encabeza el Ayuntamiento, sino que alcance a cada funcionario y cada escritorio de la administración municipal. Una cabeza puede marcar el rumbo y el ritmo, pero los resultados también dependen de quienes tienen la responsabilidad de acompañarlos.

Sería injusto no reconocer también el trabajo de muchos alcaldes y alcaldesas, de distintos partidos, que todos los días demuestran tener bien puesta la camiseta de sus municipios. Esos son los servidores públicos que demandamos los ciudadanos: los que entienden que el cargo es temporal y que su responsabilidad fundamental es servir.

Pero el ciudadano también tiene una responsabilidad. Una ciudad no se construye solamente desde el gobierno. Participar, cuidar, proponer, colaborar y también exigir forman parte de nuestra tarea. Podemos ser copartícipes en la construcción del bien común y, al mismo tiempo, exigir de quienes ejercen una responsabilidad pública una verdadera vocación de servicio.

Al final, gobernar y participar tienen un punto de encuentro: entender que la ciudad es de todos y que el bien común también es responsabilidad de todos.


De remate:

Las recientes fiestas patrias también nos dejaron algunas estampas dignas de reflexión. Entre ceremonias acartonadas, excesos ideológicos y ocurrencias convertidas en espectáculo, hubo servidores públicos que parecieron olvidar que la investidura no necesita disfraces ni protagonismos para hacerse respetar.

Representar dignamente una institución es muy distinto a utilizarla como escenario personal. Y recordé una frase que escuché hace poco en El Gato Culto, el ingenioso espacio del caricaturista Efrén:

“El poder es para servir, no para ser vil.”

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